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  • Foto del escritorRubén Darío Orozco Palacio

Hablemos de “sentido de la vida” para jóvenes colombianos

Aunque suene pretencioso hacerlo, nunca es inoportuno hablar este tema con la esperanza de emitir una luz -cual luciérnaga- en la oscuridad que cubre nuestro país actualmente. Muchos síntomas la muestran como si una cubierta de brea nos hubiera arropado y no la pudiéramos desprender.


Los abundantes casos de violencia contra niños, mujeres y pueblos enteros en la amplia geografía nacional es una muestra de lo gravemente enferma que está nuestra sociedad; la exagerada manifestación de la corrupción, en todos los niveles, indican que el talante moral elevado, del que tanto se pregona en las distintas religiones, pareciera que no pega ni se impregna en la cultura que nos identifica; los alarmantes aumentos de insanidad mental, cuyas cantidades aumentadas de suicidios, agresiones intrafamiliares y disfuncionalidades familiares, muestran a las claras la falencia descomunal de instituciones especializadas, en atención a salubridad;  igual gravedad reviste la proclive tendencia entre jóvenes y adultos a caer en adicciones a licores y sustancias sicoactivas, hasta la dimensión de considerarlas como algo “normal”.


La mencionada obscuridad, resultante de tales síntomas presentes en gran parte de nuestra sociedad, hace necesaria una reflexión profunda acerca de cómo podrán proyectar su vida los jóvenes, que además sirva para orientar un poco a los adultos. Nuestro país ha venido en un proceso acelerado de contaminación con elementos culturales demasiado triviales y perjudiciales. Ya hemos padecido la nefasta influencia del narcotráfico por más de cuatro o cinco décadas, que nos introdujo en la concepción forzada de la apariencia, a cualquier costo, la que hizo inmunes a muchas personas para valorar en su real tamaño la importancia de valores como la honradez, la honestidad, el esfuerzo y el trabajo duro para lograr las cosas. De aquí se desprenden prácticas como la corrupción y la trampa para recorrer caminos del atajo, los engaños y no los caminos rectos ni veraces.


Desgraciadamente quienes recibieron e influyeron la mencionada contaminación más rápido y en forma contundente, evidenciado en sus acciones profesionales y en las prácticas antes señaladas, fueron algunos dirigentes políticos, quienes al convertirse en personajes muy visibles se convierten en modelos sociales no apropiados; por el contrario, se ganan la animadversión y  generan dudas frente al desprestigio social de sus acciones tramposas. A ello hay que sumar la enorme influencia que adquieren las redes sociales, que difuminan en forma descontrolada, la mala moda de lo aparente, trivial e insulso, a la que llegan fácilmente nuestros jóvenes por la inmediatez traída con la tecnología de los móviles, de la cual beben con adictiva frecuencia.


¿Qué hacer… entonces?


 Como orientadores y formadores de nuestros discípulos, lo que nos corresponde: atraerlos a la conservación de prácticas religiosas formadoras de valores tradicionales, que nunca pasan de moda y siempre son efectivas; enseñarles a dimensionar la importancia del estudio, aunque implique sacrificio y esfuerzo; conversar continuamente con ellos acerca de personajes importantes y significativos de nuestra historia y de la humanidad; pasar tiempos agradables en familia o en grupos para aprender lo significativo e importante que es la empatía entre personas.


Todo ello porque el sentido de la vida, que debemos trasmitirles en bien de su proyección social, es vivir, pero hacerlo bien; es enseñarles, como planteaba Aristóteles, que el poder del ser humano radica en generar la virtud y mantener la distinción entre lo que es el bien y el mal; es necesario ayudarles a construir modelos de personas para aprender de ellas porque los humanos nos hacemos entre humanos. Una buena forma de hacerlo puede ser establecer cuadros de honor en las Instituciones educativas en los que se destaquen los buenos lectores, los mejores estudiantes en matemáticas, en ciencias, en artes en deportes y talentos variados como el baile o el canto. Así aprenderán a continuar y a seguir los mejores modelos y no los modelos triviales o deformadores que la sociedad actual les provee.

 

Rubén Darío Orozco P.

 

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